Efesios 6:13 “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.”
Por: José Antonio Villegas Zambrano
La vida del creyente y el caminar de la iglesia se desarrollan en un campo de batalla espiritual donde la verdad está bajo un ataque constante. El apóstol Pablo nos instruye con un término militar a no presentarnos desarmados ante las acechanzas del error, sino a tomar toda la armadura de Dios. La palabra “Resistir” proviene del término griego “anthistemi”, que significa oponerse, hacer frente, plantarse cara a cara contra un oponente. Esta envestidura divina no es para exhibición, sino para ser utilizada de manera activa y constante si el creyente desea permanecer firme ya que cada pieza representa un instrumento de la verdad de Cristo.
El “día malo” no es una posibilidad, sino una realidad profetizada y experimentada por la iglesia a lo largo de la historia. Es ese momento crucial donde las pruebas amenazan con hacernos claudicar y comprometen nuestra fe ante la verdad divina. Para resistir en ese día se requiere una preparación previa. No se puede improvisar la firmeza en medio de la tormenta, La iglesia debe estar equipada con el cinturón de la verdad firmemente ceñido a su cintura, desechando toda forma de mentira.
¿Cómo pretendemos ganar las batallas si descuidamos nuestra vestidura espiritual diariamente?
Muchos comienzan bien el camino de la fe, pero pocos son los que terminan la carrera manteniendo la integridad doctrinal y moral intacta. El propósito de la armadura es asegurar que, después de que los dardos del maligno han sido lanzados, la iglesia pueda estar de pie, erguida y triunfante sobre el fundamento de la Palabra de Dios. No nos conformamos con una victoria parcial. Pues la meta final de esta resistencia no es solo sobrevivir, sino permanecer firmes una vez que la batalla haya cesado.
Esta firmeza también se construye a través de la comunión y el cuidado mutuo de los santos. De ahí que el llamado a “no dejar de congregarnos toma relevancia”. Si un hermano flaquea en su firmeza, la iglesia debe sostenerlo con instrucción amorosa de sana doctrina. Vestir la armadura de Dios es también un acto de obediencia solidaria para el cuerpo de Cristo, porque nos alentamos unos a otros en la esperanza y nos protegemos mutuamente durante el día malo. En el ejército de Cristo ningún soldado pelea solo.
Aunque los tiempos parezcan oscuros y la verdad sea cada vez más despreciada. Caminemos firmes con la confianza de quienes conocen el desenlace de esta historia. la iglesia de Cristo tiene garantizada ya la victoria si permanece fiel a su llamado y mantengámonos firmes hasta el fin mirando a Cristo y a su sacrificio. Que nuestra firmeza sea el reflejo de que estamos revestidos de la armadura de Dios. Amén.