Santiago 5:8 “Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.”
Por: Marianella Layana de Jácome.
Llegamos al final de este tiempo devocional con una de las verdades más maravillosas y esperanzadoras de nuestra fe cristiana: Jesucristo volverá. Esta promesa es una realidad que debe transformar nuestro corazón, nuestra manera de vivir y nuestra preparación espiritual.
Santiago nos exhorta a: tener paciencia y afirmar nuestros corazones. La paciencia no significa esperar de manera pasiva, resignados o indiferentes. Es una espera llena de fe, una confianza perseverante en las promesas de Dios, aun cuando el camino sea difícil.
El Señor no se ha olvidado de nosotros. Su aparente demora no es ausencia, sino misericordia. Dios sigue obrando, formando nuestro carácter y preparando a su pueblo para encontrarse con Él. La espera también es parte del proceso espiritual, porque mientras esperamos la venida de Cristo, Él trabaja en nosotros para hacernos más semejantes a Él.
“Afirmad vuestros corazones” significa fortalecer el interior de nuestra vida espiritual. No podemos esperar a Cristo con un corazón distraído, dividido o debilitado por las cosas temporales de este mundo. El creyente que espera al Señor debe cultivar una fe firme, una vida de oración constante, una obediencia sincera y un amor creciente por Dios y por los demás.
Pero esta esperanza también nos llama a examinarnos. La pregunta no es solamente: “¿Creo que Cristo viene?” sino: “¿Estoy viviendo preparado para recibirlo?”. Una iglesia preparada para la venida del Señor es una iglesia madura, firme y constante. Es un pueblo que no abandona la fe cuando llegan las dificultades, que no deja enfriar su amor, que sigue sirviendo, aunque no reciba reconocimiento, porque sabe que su recompensa está en los cielos con Cristo.
Esta verdad nos recuerda que cada día cuenta, que cada oportunidad de amar, servir y obedecer tiene valor eterno. No fuimos llamados a esperar a Cristo con los brazos cruzados, sino con una vida rendida, activa y llena de propósito. La venida de Cristo no debe producir angustia ni temor en quienes le aman, sino un profundo anhelo. Es el encuentro con nuestro Salvador, con Aquel que nos amó hasta entregar su vida en la cruz.
Una madurez espiritual firme es aquella que cuando nuestro Señor Jesucristo vuelva nos encuentre con una fe viva, un corazón limpio y manos dispuestas para servir. Cuántos podemos decir: “Amén, ven, Señor Jesús”.