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Colosenses 1:18 “Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia”.

Por: Pst. David Agustín Pérez Vera 

Uno de los mayores peligros espirituales que enfrenta la iglesia no siempre es el abandono visible de Cristo, sino desplazarlo silenciosamente del centro. La Palabra declara que Cristo es la cabeza de la iglesia y que en todo debe tener la preeminencia. Esto significa que Él no ocupa simplemente un lugar importante; ocupa el lugar supremo.

La sana doctrina siempre dirige la mirada hacia Cristo. Toda enseñanza genuina revela Su carácter, Su obra y Su autoridad. Cuando una doctrina exalta más al hombre que al Señor, pierde su esencia espiritual. Porque el evangelio no fue diseñado para glorificar capacidades humanas, sino para manifestar la gloria de Cristo.

Muchas veces, sin darnos cuenta, otras cosas comienzan a ocupar el centro: ministerios, emociones, actividades, tradiciones o incluso líderes espirituales. Y aunque algunas de estas cosas pueden ser valiosas, ninguna puede reemplazar la centralidad de Jesús. Cuando Jesucristo deja de ser el centro, la vida espiritual comienza a desequilibrarse. La adoración pierde profundidad, el servicio se vuelve mecánico y la fe se transforma en rutina. Porque solo Cristo Jesús tiene el poder de sostener verdaderamente el corazón del cristiano.

La iglesia primitiva no impactó al mundo por estrategias humanas, sino porque Jesucristo ocupaba el centro absoluto de su vida. Ellos entendían que fuera de Él no había dirección, ni salvación, ni esperanza. Colocar a Cristo Jesús en el centro implica rendir delante de Él todas las áreas de la vida. Significa que nuestras decisiones, pensamientos, prioridades y deseos deben alinearse con Su voluntad. No se trata simplemente de mencionar a Cristo, sino de permitirle gobernar en nuestras vidas.

Amados hermanos y amigos, la sana doctrina constantemente recuerda al cristiano que todo proviene de Él y todo debe volver a Él. Jesucristo es el fundamento, la verdad, el camino y la vida. Y mientras la iglesia permanezca centrada en Él, permanecerá firme. En un tiempo donde muchas voces compiten por la atención del corazón, el llamado sigue siendo el mismo, volver a Cristo. No a una emoción pasajera, no a una experiencia temporal, sino a la persona gloriosa y suficiente de Jesús, el Unigénito Hijo de Dios. Porque solo cuando Jesucristo ocupa el lugar que le corresponde, la vida encuentra verdadero propósito y estabilidad espiritual. Shalom.

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