Colosenses 1:23 Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.
Por: Dayse Villegas Zambrano
La esperanza es una posición en Cristo. Al permanecer en ella, nos mantenemos firmes. Antes no teníamos ese privilegio, estábamos en otro sitio, éramos enemigos de Dios y estábamos en la oposición.
Los que están en la esperanza del evangelio sin moverse se presentan santos delante de Dios. Predican el evangelio a toda la creación. Son alegres en medio de los padecimientos y se esfuerzan por cumplir sus responsabilidades con la iglesia.
Si se pierde la esperanza del evangelio (lo que está por cumplirse, la venida, la resurrección, la vida eterna), ¿Qué sentido tendría esto que hacemos? Congregarnos, orar, leer las escrituras, ofrendar, enseñar, evangelizar. El creyente es consciente al mismo tiempo de la realidad debajo del cielo y de la realidad de un reino que pronto estará completamente establecido.
Estar en la iglesia sin creer en este evangelio pleno resultará en una fe sin raíces, en decepción y enfriamiento y en historias que todos hemos escuchado: Yo iba a la iglesia, mi mamá era cristiana, me gustaba el grupo, pero por cosas de la vida dejé de ir. El apóstol Pablo sostiene en 1 Corintios 15:19 que si nuestra esperanza en Cristo es solo para esta vida, somos los seres más dignos de lástima de todo el mundo. No lo dice para herir, lo dice para despertar a quienes toman la fe cristiana como uno más de los estilos de vida del mundo, una opción entre tantas para practicar una moralidad benigna.
El evangelio nos desafía, nos destapa el entendimiento y nos dice que hay mucho más, una nueva creación intrincadamente diseñada para que podamos vivir en contacto directo con Dios. No podemos movernos de esta esperanza.