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1 Tesalonicenses 2:19 Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida?.

Por: Dayse Villegas Zambrano

El apóstol Pablo plantó la iglesia de Tesalónica en su segundo viaje misionero. Arriesgó su vida en esa ciudad (Hechos 17:1-9) y formó una comunidad a la que amó. Se dedicó día y noche a la predicación, pero también consiguió un trabajo para mantenerse. Cuidó su conducta y los trató como hijos. 

Aunque humanamente jamás recuperó el poder que tenía cuando era fariseo, antes bien perdió más y más en cuestión de propiedad, compañía, salud y libertad, espiritualmente tenía un motivo de esperanza, que eran las almas a las que había predicado y discipulado. Deseaba presentarlas al Señor en su venida. 

Hasta este momento, él está esperando. Creemos que está en la presencia de Dios, a salvo, en gloria y lleno de esperanza. Ya no sufre de las condiciones de salud que vemos en sus cartas; ya nadie puede aprisionarlo ni perseguirlo; ya no se duele de la ingratitud humana. Ahora está viviendo la plena esperanza. Él mismo enseñó en 1 Corintios 13:13 que la esperanza –la seguridad de que Dios cumplirá sus promesas– está entre las tres virtudes permanentes, junto con la fe y el amor. 

Nuestro esfuerzo ofrecido a otras personas por amor al Señor tampoco es en vano. Nos llena de una especial esperanza de que un día los veremos delante del Señor Jesucristo en su venida, y serán motivo de gozo y de honor. Servir a otros no nos garantiza éxito personal ni reconocimiento ni agradecimientos en este mundo. Si eso esperamos nos llevaremos muchas decepciones. Hacemos esto porque el Señor lo merece y porque el Señor lo recompensa. Que esta sea la base de nuestra esperanza. 

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