Hebreos 6:18-20 Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.
Por: Dayse Villegas Zambrano
La esperanza es el ancla de nuestra alma. Está clavada en sus profundidades y cualquier cosa que trate de arrancarla, nos produce un dolor inmenso, el dolor de la desesperación. Los que hemos experimentado ese dolor sabemos lo que es: una opresión insoportable que solo la mano de Dios es capaz de quitar para restaurarnos la paz y la esperanza.
La esperanza es lo que nos mantiene firmemente unidos a Dios. Por un lado, ha echado profundas raíces en nosotros, y del otro extremo ha traspasado el velo y llega hasta el santo lugar de Dios, el que Jesús abrió para que pudiéramos entrar también nosotros.
Pablo lo dijo de esta manera: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Arduo trabajo le espera al que quiera separar de Cristo a los que son de Él y están unidos por la esperanza, que no es una emoción efímera, sino que está garantizada por promesas puestas por escrito. Pablo estaba segurísimo de que nada nos puede apartar del amor de Dios, y creemos que habló con la verdad. Estar separados de Dios es el tormento del alma. No vale la pena siquiera considerarlo.
Si estamos en Cristo, tengamos la certeza de que somos inseparables, ya que es imposible que Dios mienta. Él ha dado las garantías necesarias y nos ha sellado con su Espíritu. No es un sello pintado en un papel o en la piel: es un ancla que ha atravesado nuestras vidas. Es el fortísimo consuelo de saber que nada podrá separarnos del amor de Cristo.