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Hebreos 6:11-12 Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.

Por: Dayse Villegas Zambrano

Nuevamente la esperanza se presenta en esta lectura como una virtud laboriosa, bien definida. No es una vaga ilusión, no es un sueño, no es un boceto a lápiz. La esperanza es una certeza plena, propia de personas solícitas que están seguras de lo que esperan y trabajan alineadas con ello. 

La persona perezosa no tiene esperanza; prefiere mirar para otro lado, ignorar, no tomarse la molestia de saber lo que le espera o lo que está por venir. En efecto, tiene temor de enfrentar la realidad. Pero el creyente, estando apercibido, se fija en el ejemplo de aquellos que son más experimentados que él en la fe y la paciencia. Como no quiere caer, mira esos testimonios, aprende de ellos, trabaja con ellos, toma nota, se desafía a sí mismo a ver resultados en su vida; se preocupa por aprender sobre las promesas y la herencia que le esperan. 

Un heredero que desconoce la existencia y el contenido del testamento no espera nada y no puede reclamar nada. Pero el creyente no debe ser así. Jesús dijo a sus discípulos en Juan 14:4: Ustedes saben a dónde voy y saben el camino. No les estaba tomando un examen sorpresa. Estaba haciéndoles un llamado a seguirlo a la casa del Padre, donde está la herencia eterna. 

El creyente vive en camino. Su estado permanente es en tránsito, en peregrinaje, de paso. Está esperando que se produzca lo que tanto espera y no se queda estancado, sino que avanza en la dirección correcta, cada paso lo lleva a encontrarse con un Dios que está cada día más cerca. Que recordando esto podamos ganar constancia en nuestra vida diaria.

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