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1 Pedro 1:15−16 “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”. 

Por: Marianella Layana de Jácome 

La santidad es una señal clara de madurez espiritual. Dios ha llamado a su pueblo a vivir apartado del pecado y dedicado a Él en todo momento. En un mundo donde tantas cosas intentan alejarnos de su presencia, el creyente necesita mantenerse firme, escogiendo cada día la obediencia y una vida limpia delante de Dios.

Ser santo no significa no fallar nunca, sino tener un corazón sensible que desea agradar a Dios y que se duele cuando se equivoca. La santidad comienza en lo más profundo de la vida: en los pensamientos que permitimos, en las palabras que hablamos, en las decisiones que tomamos y en la actitud con la que enfrentamos cada día. A veces se busca ver grandes manifestaciones de Dios, pero se olvida que Él también mira con amor la vida escondida, la que nadie ve, pero Él sí conoce.

La iglesia madura entiende que no puede caminar como el mundo y al mismo tiempo agradar a Dios. La santidad no es fácil, porque implica renunciar a cosas que quizás parecen normales o agradables, pero que nos alejan del Señor. También requiere disciplina y una vida constante de oración, donde el corazón se mantiene cerca de Dios.

Cuando una persona decide vivir en santidad, su vida empieza a cambiar de manera profunda. La relación con Dios se vuelve más cercana, el discernimiento espiritual se hace más claro, y su vida comienza a ser una luz para otros. Poco a poco, el carácter de Cristo se refleja en sus acciones y en su forma de tratar a los demás. Dios honra a quienes deciden caminar en obediencia, aunque el mundo no lo entienda.

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