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Santiago 1:2−3 “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia”.

Por: Marianella Layana de Jácome 

Una hermana de una congregación pasó por una etapa muy difícil: perdió su empleo y, poco después, un familiar cercano enfermó gravemente. Fueron días de mucha angustia, donde oraba entre lágrimas, sin entender lo que Dios estaba permitiendo. No podía decir que se sentía feliz; más bien, muchas veces se sentía sin fuerzas, pero aun así decidió no apartarse de Dios.

Hubo momentos en los que solo podía orar en silencio, aferrándose a su fe. Sin embargo, en medio de la prueba, encontró el apoyo de su iglesia y vio cómo, poco a poco, comenzaron a abrirse puertas que no esperaba. Con el tiempo, entendió que no fue fácil el proceso, pero sí profundamente transformador. Dios nunca la abandonó y en su debilidad aprendió a depender totalmente de Él.

Es importante reconocer que, humanamente, casi nunca es posible sentirnos felices o agradecidos en medio del dolor. En la prueba lo normal es el cansancio, la incertidumbre e incluso el desánimo. Sin embargo, la fe no siempre comienza como un sentimiento de alegría, sino como una decisión de confiar en Dios aun cuando el corazón está luchando.

Muchas veces queremos evitar el dolor, pero el Señor usa las pruebas para enseñarnos dependencia, paciencia y confianza. Un creyente que nunca enfrenta dificultades difícilmente desarrollará madurez espiritual. Las pruebas sacan a relucir muestras debilidades, en qué debemos mejorar• ¿Qué tan profunda es nuestra fe? ¿cuánto dependemos de Dios, qué áreas necesitan ser transformadas?

Dios nunca abandona a sus hijos en medio de la tormenta. Aun cuando no entendamos lo que sucede, Él sigue teniendo control de todo. Una iglesia espiritualmente madura no huye en tiempos difíciles; permanece firme confiando en las promesas de Dios.

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