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2 Timoteo 3:16-17 “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.

Por: Pst. David Agustín Pérez Vera 

Vivimos en tiempos donde el ser humano busca respuestas en múltiples lugares. Filosofías, tendencias, opiniones y corrientes modernas intentan llenar el vacío espiritual del hombre. Sin embargo, el apóstol Pablo declara algo poderoso; “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, corregir e instruir en justicia”.

La Palabra de Dios no es simplemente un libro religioso, es la voz del Eterno revelada al hombre. En ella encontramos dirección para la vida, corrección para el corazón y sabiduría para caminar en medio de un mundo confuso. Su suficiencia no depende de la aceptación humana, sino de su origen divino.

Muchas veces el cristiano busca “algo más”, como si la Palabra no fuera suficiente para sostener su vida espiritual. Pero el problema no es la falta de poder en la Escritura, sino la falta de profundidad en nuestra relación con ella. La Palabra sigue teniendo el poder de transformar vidas, romper cadenas y revelar el corazón del Eterno Dios.

La sana doctrina nace precisamente de una correcta relación con la Palabra. Cuando la Iglesia se aparta de la Escritura, inevitablemente comienza a construir sobre opiniones humanas. Y todo lo construido sobre el hombre termina siendo inestable. La Palabra confronta, pero también restaura. Corrige, pero también guía. No siempre nos dice lo que queremos escuchar, pero siempre nos muestra lo que necesitamos.

Es importante comprender que la Palabra no fue dada solo para aumentar conocimiento, sino para preparar a los hijos de Dios “para toda buena obra”. Es decir, la verdadera enseñanza bíblica produce transformación práctica. Cambia la manera de vivir, de pensar y de relacionarse con el Eterno Padre Celestial.

Amados hermanos y amigos, hoy más que nunca, la Iglesia necesita regresar a la centralidad de la Palabra. No como tradición religiosa, sino como necesidad espiritual. Porque cuando la Escritura ocupa su lugar correcto, la confusión disminuye y la verdad se vuelve clara. La suficiencia de la Palabra de Dios sigue intacta. Lo que el Eterno dijo ayer continúa teniendo poder hoy. Y aquel que edifica su vida sobre la Palabra de Dios jamás quedará sin dirección. Shalom.

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