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Salmo 133:1 ¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!

Por: Marianella Layana de Jácome 

La unidad es uno de los regalos más valiosos que Dios le ha dado a la iglesia. Por eso, Satanás intenta constantemente sembrar heridas, malos entendidos y divisiones entre los creyentes, porque sabe que cuando la iglesia se divide, pierde fuerza espiritual y se debilita su testimonio.

Dios no nos llamó a vivir separados ni resentidos, sino a caminar juntos bajo el amor de Cristo. La unidad no significa que todos pensaremos igual en todo, sino que significa aprender a amarnos, respetarnos y permanecer unidos aun en medio de las diferencias. Para lograrlo se necesita humildad, paciencia y un corazón dispuesto a perdonar.

En la medicina podemos entenderlo mejor. El cuerpo humano fue creado para trabajar en armonía. Cada órgano es completamente diferente, sin embargo, cumple una función importante y ninguno puede decir que no necesita al otro. Cuando una parte del cuerpo deja de funcionar correctamente, todo el organismo sufre. Del mismo modo ocurre en la iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Cuando existen críticas, orgullo, resentimientos o falta de perdón, poco a poco el ambiente espiritual se enferma y muchos terminan heridos y desanimados.

¿Cuántas veces una palabra mal dicha, una ofensa no sanada o un conflicto que no ha sido resuelto ha causado distancia entre hermanos? Sin embargo, la madurez espiritual nos enseña que el amor vale más que tener la razón y que la reconciliación trae más bendición que el resentimiento y el orgullo. Una iglesia unida transmite paz, fortaleza y esperanza; pero una iglesia dividida pierde el propósito   de Dios.

Jesús mismo oró para que su pueblo permaneciera unido. Donde hay unidad, Dios derrama bendición, restaura corazones y fortalece a su iglesia para seguir adelante. Cuando caminamos en amor, reflejamos verdaderamente el carácter de Cristo y mostramos al mundo que Dios habita en medio de nosotros.

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