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Tito 1:2 En la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos.

Por: Dayse Villegas Zambrano

La vida eterna no es una oferta de última hora, una improvisación o una medida desesperada. La cruz no fue un accidente o una adversidad que tomó a Jesús desprevenido. Es un plan que fue hecho antes de la creación del mundo. 

Dios pensó en hacernos, pero además nos escogió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Nos asignó un nombre, unos dones y un propósito (Jeremías 1:5). Jesús ya había asumido la tarea más personal del plan de salvación, ganando la aprobación del Padre mucho antes de que nuestra historia empezara (Juan 17:24). Él había sido destinado para nuestro rescate con mucha anticipación (1 Pedro 1:20). 

Grandes acontecimientos estaban en marcha antes de nuestra aparición, adelantándose a nuestra existencia. Jesús aún no había ido a la cruz, pero en su mente ya estaba la siguiente fase, ir a preparar lugar en la casa del Padre para cada uno de nosotros (Juan 14:2). Él no se va a saltar ninguna parte del proceso, no va a dejar ninguna promesa sin cumplir (Mateo 24:35, Isaías 55:11). 

Esto nos tiene que dejar al mismo tiempo tranquilos y activos. Tranquilos en nuestro corazón, seguros y confiados en que el futuro está en las mejores manos y que aunque nosotros no sepamos todos los detalles, el plan sigue en marcha. Activos en nuestra vida diaria, viviendo como Jesús, con la mente puesta desde ya en los lugares celestiales.

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