Salmos 33:18 He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, Sobre los que esperan en su misericordia.
Por: Dayse Villegas Zambrano
Cuando Agar estaba en la primera gran crisis de su vida, joven, embarazada y afligida, y se dejó caer junto a una fuente de agua que encontró en el desierto, Dios la vio. El ángel de Jehová y la envió de vuelta a casa con una promesa: Multiplicaré tanto tu descendencia, que no podrá ser contada a causa de la multitud.
Se parece mucho a una promesa que Dios ya le había hecho a su más cercano amigo sobre la tierra, Abraham. Pero ésta se la quiso entregar Dios a una esclava. Su vida sería dura, sus descendientes sobrevivirían con muchos factores en contra. Sin embargo, Agar se fue de allí agradecida e incluso marcó ese pozo con un nombre: El Viviente que me ve.
En comparación con Abraham, el padre de la fe, la de Agar es una historia secundaria, y sin embargo ella también mostró una fe obediente, pues regresó al lugar del que se había escapado y se quedó allí en una actitud de sumisión hasta que su hijo creció.
Recordemos esto siempre: El ojo de Jehová está sobre los que le temen. Dios tiene escogidos, y sus planes para ellos se cumplen. Pero Dios no hace acepción de personas, es decir, no practica la parcialidad humana en la que nos guiamos por nuestras simpatías y conveniencias para aplicar sanciones o recompensas: él ve todo lo que ocurre y se da cuenta de cada necesidad, cada injusticia, cada dolor, y se acerca a los que le temen y esperan en su misericordia, por más pequeños y olvidados que parezcan.
Cuando nadie más se acuerda, Dios ve y Dios actúa. Él vio en Agar la capacidad de creer y le entregó una promesa. No posiciones o méritos humanos que nos aseguren la bendición de Dios. Pero la actitud de nuestro espíritu puede alcanzar la misericordia del Dios que nos ve.