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Hechos 1:8 “ Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”.

Por: Marianella Layana de Jácome 

Muchas veces queremos ser pacientes, perdonar, vencer la tentación, mantener la fe y seguir adelante, pero descubrimos que nuestras propias fuerzas no son suficientes. Intentamos cambiar por nosotros mismos y terminamos frustrados porque volvemos a tropezar con las mismas debilidades.

Dios nunca quiso que viviéramos la vida cristiana solos. Por eso nos dio al Espíritu Santo. Él no es simplemente una ayuda ocasional para momentos difíciles; es la presencia de Dios acompañándonos cada día. Cuando estamos cansados, Él nos fortalece. Cuando estamos confundidos, Él nos guía. Cuando sentimos que no podemos continuar, Él nos recuerda que Dios sigue obrando en nosotros.

La madurez espiritual comienza cuando dejamos de confiar únicamente en nuestras capacidades y aprendemos a depender de la obra del Espíritu Santo. Es reconocer que no tenemos todas las respuestas, que no siempre somos fuertes y que necesitamos a Dios en cada paso del camino.

Hay batallas que no se ganan con más esfuerzo humano, sino con más dependencia de Dios. Hay heridas que no sanan solo con el paso del tiempo, sino con la obra transformadora del Espíritu Santo. Hay cambios que no ocurren porque nos obligamos a cambiar, sino porque permitimos que Dios transforme nuestro corazón desde adentro.

Cuando aprendemos a escuchar su voz y obedecer su dirección, comenzamos a experimentar una transformación profunda. Poco a poco reaccionamos diferente, pensamos diferente y amamos diferente. Lo que antes parecía imposible empieza a ser posible porque ya no vivimos dependiendo de nuestras fuerzas, sino del poder de Dios obrando en nosotros.

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