Salmos 119:49 Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, En la cual me has hecho esperar.
Por: Dayse Villegas Zambrano
La última vez que estuve en una sala de espera, los que atendían la ventanilla no habían llegado. Era muy temprano, todo estaba oscuro y en silencio, y nadie sabía con certeza cuándo abrirían. Me senté allí hasta que vi brillar el sol afuera. No puedo decir que haya sido una buena experiencia. Ni esa ni ninguna de las salas de espera en que he estado antes. Un sitio en el que desearía no volver a estar.
Pues bien, Dios no nos deja esperando en una de esas salitas incómodas. Mientras aguardamos su respuesta, él nos ha dado un lugar de lujo: Su palabra y Sus promesas.
Tomemos asiento junto a la palabra. Hagamos tiempo para ella en el día a día, y como dicen ahora, que sea tiempo de calidad. Prepare un espacio para la palabra. Tenga la costumbre de leerla, anotarla, comentarla y compartirla. Dialogue con ella. Hágale preguntas. Expóngale sus temores y sus pensamientos.
El tiempo invertido en la palabra es una gozosa espera, es terreno espacioso del que no queremos irnos. Todo el día podemos correr y multiplicarnos y re-agendar. Pero que este momento sea intocable. Que todo se detenga. Que las llamadas y los mensajes queden para después. Quien no sabe esperar en la Palabra de Dios, sufre creyendo que Dios no lo oye, que no le responde, que lo ha dejado solo encerrado en una salita sin ventanas y que al final no lo atenderá.
Pero cuando esperamos en la Palabra de Dios, ella se convierte en consultorio, laboratorio y aula; ocupa nuestro pensamiento, moldea nuestro carácter y nos revela la verdad. Es la hora en que Dios trabaja en nuestro crecimiento espiritual. Si lo que estamos pidiendo aún no ha llegado, cambiemos nuestra estrategia de espera y volvámonos a la Palabra de Dios.