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Efesios 1:18-19 Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza.

Por: Dayse Villegas Zambrano

Necesitamos conocer lo que estamos esperando. El reino de los cielos es un sitio real, con sus propias reglas, su orden, su estética y su propósito. La vida eterna no es una estadía indefinida en una nube con un arpa. Hay mucho más. 

Están las riquezas de una herencia gloriosa reservada para los santos. Jesús habló de tesoros en los cielos que están acumulándose desde ya. En Apocalipsis 2:10 él promete una corona de vida para los vencedores. En 3:5 habla de vestiduras blancas, sin las manchas de la vida en el mundo, una nueva historia para cada uno de nosotros. El 21:4 habla de la nueva Jerusalén, una ciudad reluciente, construida en oro puro, con cimientos de piedras preciosas y puertas de perlas. En Juan 14:2 dice que allí hay un lugar permanente (morada) para cada uno de nosotros. 

Está la supereminente grandeza de su poder, una expresión que quiere hacernos entender cómo Cristo se levantó de los muertos y cómo nos levantaremos nosotros en un cuerpo incorruptible, una naturaleza nueva, espiritual y física, sin inclinación a pecar. 

Está la presencia de Cristo, sentado a la diestra de Dios, gobernando sobre toda otra autoridad y plenamente unido a su cuerpo, la iglesia. 

Es una realidad totalmente nueva, compleja, rica, justa, santa, pacífica, donde no estaremos desocupados. Es una vida de servicio (Apocalipsis 22:3).  Teniendo en cuenta esto, nuestra espera aquí no puede estar desconectada ni desinteresada. Es la oportunidad de prepararnos para la eternidad. Entrenemos en el servicio, busquemos la presencia del Señor, vivamos como es digno de la nueva naturaleza y descansemos en la seguridad de una provisión abundante y eterna.

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