Filipenses 1:20 Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte.
Por: Dayse Villegas Zambrano
Hay momentos de espera en los que no se puede hacer mucho. Atrapado en el tráfico, en una cama de hospital, en un trámite en una empresa pública o en prisión, como le pasó varias veces al apóstol Pablo. Sin embargo, ni allí estaba quieto. Impedido de salir, escribía cartas, recibía a los hermanos y enviaba instrucciones y doctrina a las iglesias.
Mientras conservaba la esperanza de ser liberado, trabajaba y confiaba en que no permanecería allí por siempre. Su razonamiento era sencillo: podía salir vivo o muerto, pero saldría, y de cualquiera de las dos formas magnificaría a Cristo. ¿Podríamos aplicar esto para nosotros? De este mundo saldremos muertos y luego resucitados o vivos y luego transformados, ¡pero saldremos! (1 Tesalonicenses 4:15-17). Cristo puede venir hoy y llevarnos o podemos adelantarnos nosotros y partir con él. Sea como sea, lo veremos cara a cara (Apocalipsis 22:4).
Con razón se dice que somos más que vencedores (Romanos 8:37). Pase lo que pase, saldremos ganando. El resultado es uno solo. Si esperamos en él, en nada seremos avergonzados. Pero no podemos poner esa esperanza en un cajón, es una prenda para usarse a diario, que nos anima a actuar y a estar preparados para el momento en que se nos llame. Que vivamos cada día revestidos de esperanza.