Romanos 12:2 “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
Por: Marianella Layana de Jácome
Nuestro cerebro fue creado con una capacidad extraordinaria: puede adaptarse y fortalecerse a aquello que le prestamos atención de manera constante. Esto se lo conoce como “Neuroplasticidad”. Cuando una persona alimenta diariamente pensamientos de temor, preocupación o derrota, esos pensamientos terminan influyendo cada vez más en su manera de ver la vida y reaccionar ante las circunstancias. Por el contrario, cuando comienza a enfocarse en pensamientos saludables, esperanzadores y verdaderos, poco a poco desarrolla una nueva forma de enfrentar los desafíos.
Cuando los pensamientos cambian, cambian los hábitos, cuando cambian los hábitos, cambia el estilo de vida. Dios sabe que el cambio genuino no comienza por fuera, sino por dentro. Antes de transformar nuestras acciones, Él desea transformar nuestra manera de pensar. Por eso existe una lucha constante por nuestra mente. Mientras Dios nos guía hacia la verdad, la fe y la esperanza, el enemigo intenta siempre sembrar dudas, temores y mentiras que nos hacen sentir indignos, incapaces; sentimientos que nos alejan de la voluntad del Señor.
La madurez espiritual no consiste solamente en aparentar una buena conducta, sino en permitir que la Palabra de Dios moldee nuestros pensamientos y transforme nuestro corazón. Cuando llenamos nuestra mente con las verdades de Dios, empezamos a ver las situaciones desde una perspectiva diferente. Lo que antes nos llenaba de ansiedad ahora nos lleva a confiar; lo que antes producía desánimo ahora fortalece nuestra fe.
Lo que permites en tu mente moldeará tu vida. Renovar nuestra mente es el primer paso hacia una vida plena, santa y victoriosa en Cristo Jesús. Una mente renovada produce una vida diferente. Nuestras decisiones reflejan más sabiduría, nuestras reacciones muestran más dominio propio y aprendemos a reconocer con mayor claridad la dirección de Dios. El crecimiento espiritual ocurre cuando permitimos que el Espíritu Santo reemplace las viejas formas de pensar por la verdad que encontramos solamente en su santa Palabra.