Juan 15:5 “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”.
Por: Marianella Layana de Jácome
Cada parte de nuestro cuerpo necesita recibir sangre constantemente para mantenerse sana. La sangre transporta oxígeno y nutrientes que las células necesitan para producir energía y realizar sus funciones. Cuando una zona del cuerpo recibe menos flujo sanguíneo, las células comienzan a debilitarse. Al principio los efectos pueden ser leves y difíciles de notar, pero si la situación continúa, esa parte del cuerpo pierde fuerza y puede dejar de funcionar correctamente. Por eso, una buena circulación es indispensable para la vida y la salud de todo el organismo.
Algo parecido ocurre en nuestra vida espiritual. Muchas veces queremos crecer, vencer tentaciones, tener paz o tomar buenas decisiones usando únicamente nuestras propias fuerzas. Sin embargo, Dios nunca diseñó la vida cristiana para que la viviéramos desconectados de Él.
Nuestra vida espiritual necesita estar conectada a Cristo, quien es la fuente de vida, es nuestra fortaleza. Cuando dejamos de buscarlo en oración, de alimentarnos con su Palabra y de depender de Él, nuestra fe comienza a debilitarse poco a poco. Tal vez no lo notemos de inmediato, pero con el tiempo perdemos la sensibilidad espiritual, la fuerza para enfrentar las pruebas y el gozo en nuestra relación con Dios. Permanecer en Cristo es tan vital para el alma como la circulación de la sangre lo es para el cuerpo.
La madurez espiritual no consiste en cuánto sabemos de la Biblia ni en cuántos años llevamos en la iglesia. Una persona madura espiritualmente es aquella que ha aprendido a depender de Jesús cada día, que no se deja llevar por sus emociones o por las circunstancias. Es quien lo busca en oración, escucha su voz en la Palabra y confía en Él aun en los momentos más difíciles.
Permanecer cerca de Cristo no es una opción para el creyente; es una necesidad. Solo quien permanece unido a Él recibe la fuerza para seguir adelante, crecer espiritualmente y dar el fruto que Dios espera.